El potro era un terrible
método de tortura utilizado en el medioevo, consistía en
atar las extremidades del sujeto en un aparato que,
mediante una serie de cuerdas y poleas, halaba en
diferentes direcciones brazos y piernas, produciendo un
terrible dolor y en casos extremos descoyuntando los
miembros de las victimas. El “rin” era un terrible
tormento aplicado en los sótanos de la tenebrosa
Seguridad Nacional durante el gobierno autocrático del
General Marcos Pérez Jiménez y consistía en mantener al
individuo, atado de manos y descalzo, parado sobre el
filo de un rin afilado. Los presos políticos cubanos son
encerrados en un cuartucho de mínimas proporciones donde
deben permanecer de pie por días, sin alimento o agua.
El ser humano es la única criatura capaz de torturar a
sus semejantes, es el animal “racional” que puede sentir
lastima por su mascota, pero es inmisericorde con sus
semejantes cuando estos son sus enemigos. A menudo, la
tortura ni siquiera se le aplica a un semejante con
odio, se le aplica simplemente porque es un medio para
llegar a un fin. En otras ocasiones se considera que la
tortura no es tal tortura, se supone que el ocasionar
tormento o estrés a un semejante es para ellos “prestar
un servicio”.
A veces uno hasta paga para que lo torturen, a menudo
hasta se paga en exceso para recibir un trato descortés
y abusivo. Ni los verdugos del medioevo, ni los esbirros
de la SN, ni siquiera los “panas” del G2 cubano o los
miembros de la extinta KGB soviética hubieran ideado los
tormentos a que nos someten los “amables” chóferes y
colectores de las líneas de transporte en cualquier
parte de nuestra amada Venezuela, y allende las
fronteras de esta mágica Latinoamérica.
Lo primero, Fase I, es montarse en cualquier traste con
ruedas y motor que se desplazan sin control por esas
calles de Dios. Si tiene “suerte” y no esta abarrotado
de victimas, posiblemente logre conseguir un asiento,
eso si, con sus variantes de nivel de tortura; esto es,
si no esta roto, a lo mejor es un palo con un milímetro
de goma espuma que se le clava en el huesito de la
bailarina, o es un asiento reclinable que se quedo de
por vida reclinado. Si la “tapicería” es de tela hay
varias opciones, o está hedionda y húmeda de tantos
cuerpos sudados que han descansado su humanidad en
ellos, o sino, está rota y por ahí hay un resortito
travieso que seguro le rompe su ropa y posiblemente le
arranque un pedacito de pellejo. Otra de las variantes
es que entre asiento y asiento no dejan espacio ni para
un suspiro y usted, si es de zancos largos, va con media
humanidad orientada incómodamente hacía el pasillo, con
los consiguientes pisotones y bolsazos. Si la “Maquina
Infernal” va llena hasta los “teque teques” a lo mejor
su pobre humanidad va haciendo equilibrios en los
últimos tres centímetros de estribo libres o
sencillamente va empaquetada entre cientos de victimas
que, como usted, escuchan al chofer o al colector gritar
con descaro: “Échense pa´ tras que todavía hay espacio
en el centro”.
Pero eso no es todo, cuando usted esta empaquetado o
comprimido en su respectiva buseta, el verdugo enciende
el reproductor con su planta de “hijuemilmillones” de
vatios y comienza la Fase II del proceso de tortura. Los
vallenatos mas desgarradores, los mas arrabaleros
compases del regaeton, las rancheras deprimentes, las
“chatarritas” (digno homenaje a sus vehículos) mas
rayadas de la historia o cualquier genero musical se
descomponen en sus tímpanos en un “PUM PUM PUM”
atronador que unos espontáneos rematan con el tarareo
embobado de las “letras” de cada tema. Y ni se le ocurra
pedirle al chofer que le baje el volumen, porque el muy
miserable le subirá unos cuantos decibeles más con la
aprobación del colector y de unos cuantos masoquistas
que nunca faltan en la buseta.