La pasada semana nos
quedamos en la Fase II de tortura sónica y analizamos la
Fase I de incomodidad física de los vehículos de
transporte público. Esta semana les presento la Fase III
que se refiere a la velocidad. En esto los conductores
se distinguen pues existen solo dos variantes, o van
como alma que lleva el diablo o colocan el vehículo en
neutro con la esperanza de que la brisa los impulse. Si
van como si los persiguiera el maligno es porque: Opción
A: están apurados por alguna razón inexplicable, o,
Opción B: uno de sus colegas se le coleo en el turno y
hay que alcanzar al desgraciado para insultarlo. Las dos
opciones implican que el pasajero vaya aterrorizado y
que a cada frenazo se vaya de narices contra cualquier
objeto fijo presente o simplemente le caiga encima a la
victima que va a su lado. Si, por el contrario, el
vehículo circula, como dice mi sobrina, a menos cinco
por hora, no habrá poder humano que lo obligue a ir a
otra velocidad, ¿Cuál es el apuro?
La Fase IV de la tortura es cuando desaparecen como por
arte de magia apenas caen unas cuantas gotitas de agua
del cielo. Cuando comienza a llover es como cuando usted
prende la luz de la cocina y las cucarachas huyen
despavoridas, así mismo reaccionan los buses y busetas,
y últimamente, hasta los vehículos de cinco puestos (los
mentados rapiditos). La otra es la que aplican algunas
líneas que se esfuman después de las seis de la tarde y
que aparecen milagrosamente en ciertas paradas pero
cobrando un sobreprecio bajo el concepto de “Servicio
Expreso” pero aplicando las consabidas torturas de las
fases anteriormente descritas. Ni que hablar de las que
se pierden del mapa los fines de semana y que
conseguimos aparcadas en las playas de Carabobo y
Falcón, matando tigritos con los viajes de turismo, me
pregunto, ¿Eso esta establecido en la concesión que
reciben de las municipalidades? Si usted tiene la
“suerte” de abordar un vehículo relativamente nuevo, su
tortura solo consistirá en la estruendosa miniteca y en
las velocidades alucinantes. Si le toca buseta vieja se
le ofrecerá como opcional las planchas del piso rotas
por las que observa el raudo recorrido sobre el
pavimento y si llueve, el salpicón de agua puerca.
Probablemente las ventanillas no abrirán, es casi
posible que tenga goteras y es muy seguro que tenga un
99% de posibilidades de quedarse accidentada en
cualquier calle o avenida. Los vehículos por puesto (los
rapiditos) cumplen a cabalidad todas las fases de la
tortura pero con capacidad reducida de victimas y a un
precio un poco más alto.
Lo peor de todo es que ni las autoridades municipales,
ni los cuerpos de transito terrestre, ni el INDECU,
mucho menos la policía del estado y ni hablar de los
responsables del sistema de transporte a nivel regional
o nacional, hacen algo para solucionar el problema.
Lo triste es que a Erick Zuleta, a Henri Falcón, a Reyes
Reyes y su combo, a cualquiera de esos que, dizque,
gobiernan, les importa un carrizo que usted y yo, amable
lector, tengamos que soportar estoicamente todo este
maltrato. Total, ellos tienen tremendos carros y
disfrutan de vía libre cuando les da la gana.
Si usted es chofer de buseta y lee esto, entiéndame, no
lo escribo con mas intención que el ponerlo a pensar en
que es lo que usted cree que es prestar un servicio
digno y adecuado. Analice su función como “servidor”,
respete a sus pasajeros, gánese el apoyo de los usuarios
cada vez que necesite que aumenten las tarifas del
transporte y no el desprecio de aquellos que lo ayudamos
con nuestro pago a que usted lleve comida a su casa.
Disminuya el volumen del equipo de sonido, coloque
asientos cómodos y limpios, no atiborre de pasajeros el
vehículo, deténgase en las paradas establecidas, maneje
a velocidad moderada, trabaje el horario establecido
(aunque entendemos su temor ante la acción del hampa
desbordada) y no se haga el mala sangre con nosotros que
siempre vamos a depender de su servicio. Gracias.