Nuestro amado mártir
revolucionario, el hombre que tanto ha sacrificado por
el bienestar de sus compatriotas, el alma buena
consagrada a predicar el credo socialista, aquel que es
virulentamente atacado por los oligarcas facinerosos que
desean volver a ostentar el poder, el pobre líder de
verbo delicado y adalid de la unificación centro-sur
americana para enfrentar al imperio; ese hombre
inconmensurable solo sueña, secretamente, retirarse a un
humilde ranchito a orillas del río Arauca para pasar sus
últimos años acostado en un chinchorro, rodeado de sus
amigos (esos que el dinero no puede comprar, así que
serán poquísimos) y pescando su sustento con un pedazo
de palo y un rollito de nylon, amen de cazar
ocasionalmente algún tapir desprevenido o un venadito
descuidado.
Pero su pueblo, aquel que hoy vive bajo su égida, no
quiere quitarle esa inmensa responsabilidad. El egoísmo
de las masas revolucionarias le exige que permanezca por
los siglos de los siglos cubriendo con su mano
bienhechora el país y, caramba ¿porque no?, todo el
continente o hasta el mundo. Este pueblo que no sufre de
la desgarradora realidad de cientos de homicidios
mensuales, que cuenta con una infraestructura
habitacional deprimente, perdón, de primera, que
disfruta de la renta petrolera al contar con servicios
de salud dignos de un jeque árabe, que tiene una
balanceada alimentación pues los Mercales y Pedevales
están abastecidos con productos sembrados, cosechados y
producidos en nuestros campos. Ese pueblo que, en medio
de tanta riqueza, no tiene problemas de desempleo y se
puede dar el lujo de traer de Irán, Cuba, China, Rusia,
entre otras naciones defensoras de la libertad y la
pluralidad, miles de técnicos en todas las áreas;
médicos y entrenadores cubanos, chinos expertos en
ferrocarriles y satélites, rusos para enseñar a nuestros
jóvenes a usar todo tipo de armamento e iraníes para que
nos inculquen las sabias enseñanzas de los fanáticos
religiosos de esa nación musulmana con la que
compartimos tantos vínculos históricos y culturales.
Estamos tan bien que es imposible alejar al líder del
poder, de esos sacrificados viajes en los nuevos aviones
cargados de lujo que le compro a los rusos, de esas
opíparas comilonas en las reuniones con los camaradas en
cada cumbre o convención de jefes de estado, de tener
que andar rodeado de veinte anillos de seguridad que le
impiden abrazar a su amado pueblo, de andar en sus
limusinas blindadas con los vidrios arriba y con
cristales polarizados que no le permiten ver y oler los
dulces efluvios de esas calles repletas de basura y
mendicidad.
Pero del otro lado estamos los opositores, nosotros los
golpistas, fascistas, oligarcas, derechistas,
pitiyanquis, tira piedras y, muy pronto por los vientos
fríos que soplan del norte imperial, obamistas; nosotros
que nos oponemos a que el líder sea reelegido
eternamente, indefinidamente, sin trabas, sin
cortapisas, a su real gana. Nosotros que añoramos su
retiro en el 2013 y que no queremos que sufra de los
inconvenientes de vivir a orillas del Arauca, comido por
los mosquitos y procurándose el sustento con una
improvisada caña de pescar o una escopeta vieja. No
señor, nosotros queremos ver que la justicia le ofrezca
una confortable estadía en un calabozo cómodo, con su
ventanuco para que le entre la luz del sol, una camita
confortable, su mesita de noche, sus libritos del Che
Guevara, Fidel y El Capital de Marx (a ver si al fin lo
lee). Le podemos instalar su televisorcito y una
conexión a un equipo de video que le transmita las
veinticuatro horas al día sus interminables cadenas.
Calma, paz y tranquilidad para sus años dorados, nada de
reelecciones y ningún sacrificio. Por eso es mejor
quitar esa pesada cruz de sus hombros y negarle su
enmienda.